‘Teóricos’ vs. ‘Experimentales’ y otros enfrentamientos

Tiempo atrás presencié otra situación en la que se recurría al mito de la Tierra plana de modo bastante diferente al uso interesado en la película “What the bleep do we know”  al que me refería en un post anterior. Fue asistiendo como oyente a una charla dada por un científico, y cuyo público era en gran parte no científico.

Primero, un listado de obviedades ideales. La Ciencia es una empresa colectiva. Su objetivo es entender la Naturaleza. Y la naturaleza de la ciencia requiere la cooperación. Para ello se necesitan tanto ideas surgidas en las buenas cabezas —que permitan imaginar— como los resultados de los buenos experimentos u observaciones de la realidad —que permitan ver—. Pretender que se pueda avanzar apoyándose solamente en una de esas mitades es, en el mejor de los casos, iluso. Y la (buena) ciencia avanza reconociendo lo que es incorrecto y corrigiendo, cuando sea posible hacerlo, lo que necesita mejora, en un proceso que es a la vez dialéctico y simbiótico.  Teoría y experimentación u observación deben avanzar complementándose; hay ejemplos históricos en los que el papel inicial para los avances relevantes lo han tenido bien la una o las otras.

Y otra última obviedad. No soy tan ingenuo como para no ser completamente consciente de que lo anterior son las normas ‘ideales’ pero que el comportamiento de los científicos individuales o de las instituciones científicas o de las Universidades tiene un amplísimo espectro, y que el porcentaje de científicos o de profesores o de redactores de planes de estudio o de rectores o de ministros de ciencia que actúan anteponiendo otro tipo de intereses es, con suerte, el mismo que el porcentaje correspondiente en cualquier otro grupo humano (una variante, en otro cuadrante, de la constancia de la fracción \wp, Cipolla dixit). El que estos porcentajes sean lo que son parece un hecho natural inevitable y sería menos grave si no fuera porque en nuestro ambiente estos personajes con ‘otros intereses’ parecen ser anómalamente más frecuentes, debido a la abundancia de incentivos perversos y perversamente eficientes, acompañados de estímulos (!?) tan ingenuos y francamente ineficientes que ni merecen tal nombre.

Cualquier invitación a hablar fuera del entorno habitual es una oportunidad que puede (debe?) aprovecharse para intentar transmitir esas ideas, que siendo obvias para cualquier buen científico son mayoritariamente mal entendidas o desconocidas fuera de ese círculo. Sobre todo, porque nos va mucho a todos en que los no científicos, comenzando por los políticos, tengan una idea lo más correcta posible del alcance real y del modo de funcionamiento de la ciencia. Hay que explicar que la ciencia no es magia, y que uno de sus grandes valores es el de precisar los límites que en la Naturaleza existen y que solo con arrogancia propia de estúpidos nos hemos ido engañando como si fuera posible ignorarlos sin consecuencias.

Creo que todos hemos asistido a charlas que versando nominalmente sobre ciencia o sobre su historia parecían más ser realmente una oportunidad para que el conferenciante se regodeara en insistir e.g., en que Newton era un mal bicho, o en que Einstein se portó bastante mal con su primera mujer. Ambos son hechos sobre los que no cabe duda, y que es necesario conocer. Lo que no creo que sea deseable es dar prioridad a esa visión igualizadora por abajo de los científicos sobre la presentación de sus aportaciones al desarrollo conceptual de las ideas, algo que es infinitamente más interesante y que de facto debiera ser el contenido central en cualquier historia de la ciencia. Al igual que a los escritores, a los artistas o a los compositores, a los científicos se les debe valorar por sus obras, no por sus vidas.

En la charla a la que me refería al principio se planteaban las cosas de otra manera. Enfrentando, en forma manifiesta aunque sutil, como quien no quiere la cosa, a ‘teóricos’ versus ‘experimentales’. Como si fuera siquiera posible categorizar de manera absoluta tal diferencia (ignorando aquello tan básico en la filosofía de la ciencia de que “cualquier observación está cargada de teoría“) y como si además tal diferencia debiera necesariamente devenir en un enfrentamiento; de nuevo esta irrefrenable tendencia que señalaba Gould a dividir los continuos en categorías extremas y en considerar esas categorías como dualidades enfrentadas.

Se colabora así a crear en los oyentes —sobre todo si éstos no tienen la suficiente formación científica ni un buen criterio para distinguir lo que está bien fundamentado de lo que no lo está— una imagen que homogeneiza y confunde lo que idealmente debería ser la imprescindible discusión científica con otras peleas varias que realmente son de diferente índole: puramente ‘territoriales’, de adscripción a un determinado grupo, de fundamentalismos de una y otra laya, de difuminación de la frontera entre ciencia y pseudo-ciencias, etc. Y está claro que debemos ser muy cuidadosos si no queremos actuar efectivamente como agentes colaboradores (por más que sean involuntarios) de esta tendencia.

Plantear un enfrentamiento entre teóricos y experimentales pudiera ser aceptable como recurso retórico, aunque subsiste, se quiera reconocer o no, el incontrovertible hecho de que no hay nada más práctico que una buena teoría. Pero en el caso que comento ahora no era ninguna figura retórica: lo que me preocupó más fue que tras ir insinuando reiteradamente un tal enfrentamiento, en la exposición subsiguiente y como ‘demostración apodíctica de superioridad‘ de los experimentales sobre los teóricos se recurriera al mito de la Tierra plana. El esquema es de libro: se narran algunos hitos de la historia, adaptados adecuadamente ‘unos pocos sabios antiguos se dieron cuenta de que la Tierra era una esfera pero nadie les hizo mucho caso‘, se agita luego un hombre de paja ‘quienes pretendían detentar el conocimiento seguían creyendo que la Tierra era plana‘ [en elíptica referencia que mutatis mutandis vale tanto para los escolásticos en la Edad Media como para los teóricos en la actualidad], se ridiculiza un poco al hombre de paja en la persona de los sabios de Salamanca ‘que mantuvieron que como la Tierra era plana el viaje era imposible‘, se resalta el contraste con lo que Colón mostró tras su vuelta ‘que no era imposible‘ y se remata la faena mencionando sobre todo a Magallanes y a Elcano, y afirmando que fueron éstos quienes ‘demostraron prácticamente’ [esto es, experimentalmente, de nuevo la oposición teoría vs. práctica] que la Tierra era redonda y sacaron a los teóricos de su error.

Este elegante argumento tiene un grave problema: se envuelve una realidad compleja en un montaje simplista que reducido a ese esqueleto es tan falso como una moneda de tres euros. Pues como he ido comentando en posts anteriores, los estudiosos en la Antigüedad sabían de las observaciones de Eratóstenes y Posidonius sobre la esfericidad de la Tierra y las daban por concluyentes. Y esas observaciones se incorporaron enseguida al conocimiento de cualquier persona instruída, con apenas excepciones puntuales, como traté de resumir aquí.

Así que esta narrativa de los buenos sacando de su error a los malos al demostrar que la Tierra no era plana es imaginativa (no en vano uno de sus primeros propagandistas fue el escritor Washington Irving en su biografía novelada de Colón) pero no tiene fidelidad a la realidad: como muy bien dice Jay Gould, “estas divisiones no son neutras; las establecen los partidarios de ciertos puntos de vista particulares con propósitos determinados“.

Me parece un poco preocupante esta creciente tendencia de trasplantar al terreno de la ciencia un tipo de enfrentamientos que realmente le son ajenos. Quienes promueven estos enfrentamientos lo hacen con propósitos determinados. Esperando que el oyente se alinee con ellos: la vieja táctica de hacer tomar partido, conmigo o contra mí. Una buena manera de abanderar un enfrentamiento esencialmente estéril, en el que se quiere hacer valer cualquier argumento (incluso manifiestas falsedades), de exacerbar las diferencias tribales, de evitar que pueda llegar a establecerse un modo colectivo de pensar en ‘nosotros’, avivando a toda costa el enfrentamiento entre ‘los míos’ y ‘los otros’.

Inmersos como estamos en enfrentamientos de todo tipo, algunos de los cuales son en cierta medida un producto artificial de nuestra rígida adscripción a una u otra de las categorías duales que Jay Gould mencionaba —religiosas, nacionalistas, étnicas—, o de pensar en que las verdades o son absolutas o no son verdades en absoluto, en vez de adaptarnos a la flexibilidad de los continuos —asunto al que se refería la cita de Asimov que incluí en un post anterior—, nos hemos ido acostumbrando a considerar este tipo de enfrentamientos como naturales incluso en el campo de la Ciencia, como si la auténtica ciencia tratara fundamentalmente de dirimir esas peleas. Y no de tratar de entender y describir el mundo.

Es curioso que haya quienes en asuntos científicos pretendan interpretar casi todo como un enfrentamiento, incluso aquello sobre lo que históricamente existe razonable certeza de que no lo fue. Esta tendencia es muy visible en quienes suelen hacer suyas afirmaciones simplificadas y un punto pretenciosas del tipo “toda la historia del progreso humano se puede reducir a la lucha de la ciencia contra la superstición“. Que con la debida interpretación tal afirmación contenga una parte defendible se debe a su extrema generalidad, pero precisamente por ello otra gran parte de la frase se cae por su propio peso. ¿Se debió el control del fuego (que indudablemente es uno de los hitos del progreso humano) a una lucha contra la superstición o por el contrario, a una lucha por la supervivencia? Por no hablar de otros indiscutibles avances como por ejemplo la invención de la escritura.

Basta aplicar una ligera paráfrasis para ver que una frase muy análoga también podría ser asumida (con la misma parcialidad) por muchos otros sistemas religiosos o filosóficos, por ejemplo: “toda la historia del progreso humano se puede reducir a la lucha de la luz contra la oscuridad“. Pero la realidad siempre ha sido más multidimensional y complicada: como Ursula K. LeGuin resume en el magnífico lenguaje simbólico de La mano izquierda de la oscuridad, “la oscuridad es la mano izquierda de la luz, y la luz es la mano izquierda de la oscuridad”. Y no creo que la motivación histórica dominante de la ciencia, si es que puede hablarse de manera vagamente finalista de tal cosa, haya sido nunca la de enfrentarse a la superstición, sino la de conocer y entender el mundo, no en clave de enfrentamiento sino en clave de conocimiento. Que por otra parte, sabemos desde Francis Bacon que es otra forma alternativa (y seguramente más efectiva) al enfrentamiento para obtener al final poder.

Continuar presentando estas cuestiones como un enfrentamiento entre unos y otros, sea teóricos y experimentales, sea matemáticos y físicos, sea de ‘letras’ y de ‘ciencias’ —en el estereotipo de una o de la otra de las dos culturas de las que hablaba Snow hace más de cincuenta años—, es continuar ad infinitum enfocando mal el asunto, poniendo dificultades innecesarias a las relaciones simbióticas que entre cada una de estas parejas deberían existir, y haciendo creer a los ajenos que estos enfrentamientos son la esencia de la relación. Como si no estuviera claro que la Cultura lo es en singular.

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