Qué hacer es asunto nuestro

Una joya de hace algo más de ocho siglos, el Viderunt Omnes de mi admirado Perotin, abre este post y da un buen fondo sonoro para su lectura. Se conoce su origen preciso: la obra surgió de un encargo de las autoridades eclesiásticas para celebrar el día de Navidad del año 1198 y se encuadra en una interesantísma época de inflexión en la historia de la Música, marcada por la transformación del gregoriano hacia la polifonía, desde el Ars Antiqua hasta el Ars Nova y hacia lo que vino después. Hoy, que podemos disfrutar en la debida perspectiva tanto de esa como de las músicas de los ocho siglos posteriores, te sugiero, querido lector, que arranques el video, ajustes a tu conveniencia el volumen sonoro y continúes leyendo ….

… el texto siguiente, tomado, en traducción personal, del último capítulo, titulado Dreams of Earth and Sky de Disturbing the Universe, (Basic Books, 1979) de F. J. Dyson.

En su característico lenguaje terso, Dyson lo presenta como un sueño tras el cual quejas y preguntas encuentran una respuesta que seguramente no era la esperada.

Estoy sentado en la cocina de mi casa en América, comiendo con mi mujer y mis hijos. Como siempre, estoy protestando a causa de la burocracia. Durante años hemos estado dirigiendo las quejas a los administrativos de nivel bajo, que nunca nos han respondido. “¿Porqué no vas directamente al de arriba?” dice mi mujer, “si yo fuera tú, llamaría ahora mismo por teléfono a la dirección”. Descuelgo el teléfono y marco el número. Esto sorprende mucho a mis hijos. Saben cuanto detesto hablar por teléfono, y les gusta fastidiarme por ello. Suelo emplear todo tipo de excusas para evitar hacer una llamada, especialmente si es a alguien a quien no conozco personalmente. Pero esta vez me decido sin vacilar. Mis hijos se sientan en silencio, privados de su oportunidad de divertirse a costa de mi manía al teléfono. Para mi asombro, la secretaria contesta al instante con voz amable y me pregunta qué quiero. Le digo que quiero una cita. Ella contesta, “Bien, le he anotado para hoy a las cinco”. Pregunto ¿puedo llevar a los niños? y ella contesta “por supuesto”. Mientras cuelgo me doy cuenta, alarmado, que tenemos sólo una hora para prepararnos.

Les pregunto a los niños si quieren venir. Les digo que vamos a hablar con Dios, y que deberán comportarse. Sólo las dos niñas pequeñas están interesadas. Yo estoy encantado de no tener que ocuparme de toda la prole. Así que les decimos adiós rápidamente, antes de que puedan cambiar de opinión. Salimos de casa tranquilamente y nos vamos andando a la oficina en la ciudad.

La oficina está en un gran edificio. Su interior parece una iglesia, pero no tiene techo. Cuando miramos hacia arriba, vemos que el edificio se desvanece en la distancia como el hueco de un ascensor. Nos agarramos de las manos y desde el suelo saltamos al interior. Miro mi reloj, y veo que faltan unos pocos minutos para las cinco. Por suerte, estamos yendo muy deprisa, y parece que podremos acudir en tiempo a la cita. Cuando el reloj marca las cinco, llegamos a lo alto del hueco y entramos en un enorme salón del trono. El salón tiene paredes blanqueadas y enormes vigas de roble. Enfrente de nosotros hay un tramo de escaleras con un trono arriba. El trono es grande, de madera, con respaldo y laterales de rejilla. Me acerco despacio hacia él; las niñas me siguen. Están un poco nerviosas, como yo. Parece que no hay nadie. Miro otra vez el reloj. Probablemente Dios no esperaría que fuéramos tan puntuales. Nos quedamos al pie de los escalones, esperando que suceda algo.

No sucede nada. Pasados unos minutos, me decido a subir las escaleras y echar un vistazo de cerca al trono. Mis hijas no se atreven y permanecen abajo. Subo hasta que mis ojos están a la altura del asiento. Y veo entonces que el trono no está vacío. Sobre el asiento hay un niño de tres meses que me sonríe. Lo tomo en brazos y se lo muestro a las chicas. Suben las escaleras corriendo y se lo turnan en brazos. Cuando me lo devuelven, permanezco otros minutos más con el niño en brazos, sin decir una palabra. En el silencio, me voy dando cuenta de que las preguntas que quería hacerle ya están respondidas. Con cuidado lo devuelvo al trono y le digo adiós. Mis hijas me dan las manos y juntos bajamos los escalones.

En pocas palabras, ¿qué hacer? es asunto nuestro.

No sé si hay alguna edición en castellano de esta obra que esté disponible actualmente. Hay una, de 1986, del Fondo de Cultura Económica, traducida como Trastornando el Universo, que parece estar agotada. El texto original (sólo del sueño), en inglés, puede leerse aquí.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sociedad y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s