Jordi Évole, Jean Marc Lévy-Leblond, Alan Sokal.

No es mi intención escribir en el blog comentarios de actualidad. Pero en ocasiones, la actualidad se topa de tal manera con las preocupaciones propias de un científico, sobre las que sí me interesa escribir, que hoy aprovecharé para caer en la tentación antes  de que pase.

Jean Marc Lévy-Leblond

Jean Marc Lévy-Leblond. Crédito: Wikimedia commons

En una página de Nature (Nature, vol.413, 573, October 2001), Jean-Marc Lévy-Leblond plantea un sugerente acercamiento entre Ciencia y Ficción, que posiblemente disguste a algún sector fundamentalistamente cientifista. La concepción ingenua de la Ciencia se apoya en una aparente oposición, hechos frente a ficción, en contraste con el arte o la literatura o la poesía, que producen creaciones directamente reconocidas como ficticias, y esta oposición se suele tomar como uno de los distintivos esenciales de la Ciencia. Pero las cosas, señala Lévy-Leblond, no son tan simples. ¿Podría ser que la Ciencia ofrezca una buena prueba de que la ficción puede conducir a entender los hechos? Pues no otra cosa que ficciones, en el sentido etimológico, son la mayoría de nuestras hipótesis en las que se basa la Ciencia con mayúsculas. Continúa Lévy-Leblond diciendo que es la historia del lenguaje la que nos advierte que quizás no debemos oponer ficciones, esto es, invenciones o creaciones más o menos libres, a figuras, esto es, a representaciones o modelos. Pues la misma raíz latina, el verbo fingere, y el sustantivo fictiones, son quienes dan lugar a la vez a nuestras ficciones pero también a nuestras figuras.

Reproduzco unos fragmentos del artículo, cuya lectura aconsejo muy vivamente:

The scientist is an unrepentant dreamer —far from sticking to factual observations, he must imagine fictitious situations, which may, from time to time, prove to be veracious.

… coercing electrons to circulate along manmade metallic wires (Faraday, Ampère) …. —are these not tantamount to requiring nature to tell us unheard stories and to unfold new narratives?

According to Jean Cocteau, poetry is “a lie which tells the truth”. The same is true of science. At least, this seems an interesting hypothesis to feign.

La cuestión es pues ¿podría ocurrir que el estudio de situaciones ficcionales pudiera arrojar tanta luz sobre nuestro mundo como pueda hacerlo el limitarse de manera tozuda al estudio desnudo de los hechos? Y, si es así, ¿significa ésto que al mantener la mente abierta para aprovecharnos de  tal dualidad nos estamos alejando del auténtico espíritu que la Ciencia debiera mantener? Se pueden dar bastantes ejemplos en los que esta dualidad ha conducido a un mejor entendimiento de la realidad, explicando, por así decir, lo visible en términos de lo invisible.

Pero Lévy-Leblond no se queda en la pura teoría con ese artículo. Y desarrolla la idea de que es posible explicar (¿mejor?) la realidad a través de una ficción, en otro curioso y muy estimulante artículo, What if Einstein had not been there? A Gedankenexperiment in Science History. Se trata de desarrollar una ficción —si en 1905 Einstein no hubiera estado allí—, que nos lleva, a través de una inteligente distopía, a apreciar los conceptos reales tras la Relatividad de Einstein de una manera que en algunos aspectos sea posiblemente mejor de lo que podemos hacerlo siguiendo fielmente la historia real, la de los hechos que ocurrieron.  Y claro, todo ocurre comenzando con una ficción: “supongamos que Einstein no hubiera existido“. Pero al final el artículo muestra, de manera muy convincente en mi opinión, el valor educativo, epistemológico y cultural de tal ficción. Nadie que lea de manera comprensiva este artículo podrá tener la más mínima duda de que siendo una completa ficción, es a la vez perfectamente compatible con los hechos, y tiene una sorprendente capacidad para iluminarlos.

Alan Sokal. Crédito: Wikipedia

Alan Sokal. Crédito: Wikipedia

Esto nos lleva a una historia anterior, en la que también hay una calculada mezcla de realidad y ficción, la historia del asunto Sokal. Lo resumo muy brevemente: En 1995 Alan Sokal, un físico teórico estadounidense, escribió un artículo con el título “Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity“, que envió a publicar a Social Text, una de las revistas más prestigiosas de ciencias sociales de EEUU. El artículo contenía aparentemente una defensa de las tesis postmodernas sobre el valor relativo de la ciencia, argumentando que la gravedad cuántica era realmente un constructo lingüistico y social (que la Ciencia se reduce esencialmente a eso es una de las ideas cruciales del postmodernismo). Tal provocativa declaración estaba hecha desde la posición de un físico teórico de prestigio en ejercicio, y toda ella apoyada con abundantes citas tanto de físicos y matemáticos como de científicos sociales o filósofos postmodernos de primera línea. El artículo fue aceptado y publicado en 1996, y tras la publicación Alan Sokal desveló que se trataba de una completa parodia: todas las referencias científicas, que aparentemente apoyaban las pretendidas tesis, estaban sacadas de contexto en el mejor de los casos, y en el peor eran directamente frases sin ningún sentido. Dejemos la palabra a Sokal desvelando el asunto:

a pastiche of left-wing cant, fawning references, grandiose quotations, and outright nonsense … structured around the silliest quotations [by postmodernist academics] I could find about mathematics and physics.

No quiero entrar ahora (ni es asunto que yo conozca realmente) en las reacciones entre los científicos sociales postmodernos, a quienes en el fondo apuntaba el dardo de Sokal. Lo que me interesa es que entre los científicos serios “duros” en activo, durante un tiempo tras el hoax se originó un intenso debate (especialmente en EEUU), que estuvo bastante polarizado, entre quienes admiraban y apoyaban a Sokal por haber sabido, haber podido y haberse atrevido a proclamar que el Emperador postmoderno estaba desnudo (y esto en una de las revistas de mayor caché de la especialidad), aunque fuera al precio de haber “engañado” a los editores de la revista con un uso “tramposo” de las referencias y citas científicas, y quienes criticaban o detestaban a Sokal por haber traicionado el espíritu de estricto respeto a la verdad científica, que según ellos era incompatible con una “gamberrada” de este calibre, y que ningún científico debería atreverse a traicionar, aunque fuera “en broma”, como aquí era obviamente el caso.

Jordi Évole. Crédito: EFE

Jordi Évole. Crédito: EFE

Es curioso que esta misma polarización se haya producido entre nosotros hoy de manera tan evidente, en relación con el “documental” que se emitió anoche en el programa de  Jordi Évole sobre el 23-F (el intento fracasado de golpe de estado el 23 de Febrero de 1981 del que ayer se cumplía el aniversario). Desde un punto de vista, debemos ver este documental como una ficción inteligente montada de una manera que no entraba en contradicción manifiesta con la realidad de los hechos (y que incluso, daba de algunos hechos una explicación “más convincente” que las narraciones reales), pero que no resiste ningún test serio de verosimilitud —una conspiración con tantos cientos de conjurados, incluyendo literalmente hasta el apuntador simplemente no puede mantenerse durante 30 años en secreto, y mucho menos en España—. Y, a la vez, es un motivo “en vivo” de reflexión para apreciar lo fácil que es, si se dispone de la posición adecuada, tratar de reescribir la historia y presentar las propias tesis de manera aparentemente convincente.

Es aquí evidente que el engaño no ha sido en ningún modo lo que pretendía Jordi Évole —ni los protagonistas/actores del documental, que supongo se lo habrán pasado en grande durante la grabación—. El documental tenía, localmente, todas las trazas de aparente seriedad y fiabilidad —aunque globalmente y en cuanto se cae en ello, las claves de que era una broma estaban por doquier—. Por si quedaba alguna duda, el presentador confesó el engaño tras la emisión (como Sokal tras la publicación de su hoax).

Y lo que es curioso es que la misma división intensa de opinión que se dió en el asunto Sokal parece haberse repetido aquí. Basta una ojeada a los periódicos, por no mencionar las redes sociales, para ver que hay una notable polarización, entre quienes piensan (sector en el que me incluyo) que se trata de un ejercicio inteligente e instructivo, por cuanto nos permite apreciar a través de un caso “práctico” lo inseguro de nuestro conocimiento común sobre la historia, y quienes defienden, también con convencimiento, que se trata de una gamberrada especialmente inadecuada por muchos motivos, desde  la seriedad debida en cualquier cátedra (y la de Jordi Évole, por su repercusión lo es), hasta la inoportunidad de tomarse a broma una historia real en una época en la que hay un preocupante renacimiento de corrientes revisionistas que, éstas sí, son indudablemente perniciosas.

Pero me parece que esta polarización distrae la atención de donde quizás debiera estar, pues centra el debate entre los pro-Évole (que le defienden como un tipo que acaba llegando más allá que otros muchos aparentemente más sesudos y rigurosos, y además lo hace como quien no quiere la cosa) y los anti-Évole (que le definen, tras esta broma, como un gamberro del cual nunca más se volverán a fiar). Sin embargo, el foco del debate debiera apuntar hacia nuestra manifiestamente mejorable legislación sobre la conservación y el paso a libre disposición reglamentada de todos los documentos y datos de gobierno que inicialmente puedan figurar como “clasificados”. Algo que está establecido y que funciona realmente en muchos otros países. Y que no solo no tiene ninguna traza de mejorar en el nuestro, sino que está acompañado recientemente por un preocupante apagón de datos y de información fiable sobre la realidad en muchas áreas de gobierno.

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4 respuestas a Jordi Évole, Jean Marc Lévy-Leblond, Alan Sokal.

  1. lcb dijo:

    Esa es la cuestión de fondo, las leyes permiten guardar demasiados secretos durante mucho tiempo. Creo que Soledad Gallego decía esto mismo en el Pais Domingo pasado.

  2. lcb dijo:

    Abundando en la cuestión de la “censura” sobre ciertos temas, recuerdo el caso del descubrimiento del Plutonio en 1941 por Seaborg y Mcmillan (premios Nobel en 1951). La publicación de ese trabajo en Physical Review fué retrasada hasta final de la 2ª guerra mundial por razones de seguridad [Seaborg et al, Phys. Rev. 69, 366 (1946); ibid, 69, 367 (1946); ibid 70, 555 (1946)]. El Plutonio se usó en la bomba sobre Nagasaki al final de la segunda guerra mundial. El físico Abraham Pais calificó el largo silencio sufrido por el trabajo de Seaborg como “la no-noticia más importante de la historia de Physical Review”.

    Mientras que aquella censura de 4 años entre 1941 y 1945 puede justificarse en cierto modo por la “militarización de la ciencia” sufrida intensamente a partir de la segunda guerra mundial, no cabe justificar la larga censura sobre información del 23-F por razones de ese tipo. ¿porqué entonces?

  3. PhysMath dijo:

    Sobre el caso Sokal hay un post en tres actos que discute también la parte más reciente de la historia, con los libros de Sokal y algunas polémicas posteriores, aqui:

    http://naukas.com/2014/01/10/impostores-y-posmodernos-el-caso-sokal/

  4. Muy bueno el post que enlazas, PhysMath, gracias. En cuanto a la censura de los datos existentes (por ejemplo, de asuntos que razonablemente deban tomarse como clasificados, como seguramente lo era el descubrimiento del plutonio en 1941, o de otros que parece razonable que deban mantenerse como tales durante un tiempo, como quizás todo el sumario del 23-F y la documentación relacionada), lo que es una manifiesta disfunción es que este carácter ‘reservado’ (que supongo sería el término castellano correcto) se mantenga sine diae y sin una normativa clara sobre los compromisos gubernamentales y plazos para hacerse público, algo completamente asumido en nuestros países vecinos.

    Mencionabas, lcb el artículo de Soledad Gallego-Díaz el domingo pasado. Hoy publica otro, tan lúcida como siempre, advirtiendo especialmente sobre la destrucción de los procedimientos para obtener esos datos esenciales, un gravísimo asunto al que se refería el enlace con la entrada de Florentino Felgueroso en Nada es Gratis. Si ignorar o no atenerse a los datos que existan ya es extremadamente grave (y está claro que eso lleva ya tiempo ocurriendo), para describir que además tampoco se quiera que haya datos, destruyendo (esa es la palabra) los canales que pueden proporcionar datos fiables, ya no hay palabras.

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