Interludio: Infinito en todas direcciones.

La materia, que es supuestamente el constituyente principal del universo, está formada por pequeñas unidades estructurales independientes: los átomos químicos. Nunca se repetirá en exceso que la palabra “átomo” está hoy despojada de cualquier vieja especulación filosófica: sabemos con precisión que los átomos con los que tratamos no son para nada los componentes más simples que se puedan concebir en el universo.

Por el contrario, cierta cantidad de fenómenos, especialmente en el área de la espectroscopía, llevan a la conclusión de que los átomos son estructuras muy complicadas. Por lo que atañe a la ciencia moderna, debemos abandonar completamente la idea de alcanzar los fundamentos últimos del universo sólo por medio de la introducción en los dominios de lo pequeño. Creo que podemos abandonar esta idea sin lamentarnos.

El universo es infinito en todas direcciones, no sólo por encima de nosotros en lo inmenso, sino también por debajo, en lo pequeño. Si comenzamos por nuestra escala de existencia humana y exploramos más y más el contenido del universo, llegamos finalmente, tanto en lo grande como en lo pequeño, a distancias borrosas donde nos fallan, primero nuestros sentidos, y luego nuestros conceptos.

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Emil Johann Wiechert, 1896.

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Emil Johann Wiechert. Fuente: Wikipedia

Conviene prestar atención a la fecha. En 1896 estaba en pleno apogeo la discusión sobre la existencia real de los átomos. Wiechert había medido correctamente la relación masa/carga de las partículas de los rayos catódicos, y estuvo pues muy cerca de haber sido el descubridor del electrón, papel que se asigna a Thomson solo dos años más tarde. El del protón estaba a más 20 años vista y el del neutrón a un tercio de siglo en el futuro.

Así las cosas, parece prodigioso que Wiechert intuya las estructuras muy complicadas que existirían en el átomo. Y lo son: entender de manera aceptable los núcleos costó 80 años más, pagando el peaje de zambullirse a fondo en el dominio de lo aún mucho más pequeño que el átomo.

Y la descripción “primero fallan nuestros sentidos y luego nuestros conceptos” es una impresionante anticipación visionaria de lo que estaba por llegar.

La cita procede de una charla ante la Sociedad de Física y Economía de Könisberg, y está reproducida en el Capítulo 3 de Infinito en todas direcciones, el libro de F. J. Dyson cuyo título está precisamente tomado de una de las ideas de esa charla.
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